Iñigo Royo. El hombre que ríe

Desde: Jueves, 16 Junio 2016

Hasta: Domingo, 16 Octubre 2016

«Entendí entonces que había dado con las dos palabras mágicas: barullo y risa. Había encontrado el tema de la exposición. (…) El barullo idiota que formamos viviendo juntos. La risa amarga que asoma en el rostro de todo individuo con un cerebro normal ante la contemplación del espectáculo».

Amaneció nublada aquella mañana como casi todas las de ese invierno. No recuerdo ni qué hice, ni por qué me había levantado de la cama unas horas antes. Ya por la tarde, cuando tras haber recibido la llamada de Dani Castillejo que escuetamente preguntó: «¿te apetecería hacer una exposición en Artium?», para continuar diciendo ante una respuesta que no debió de ser por mi parte lo suficientemente efusiva: «¡si no quieres no! ¿eh?», las nubes se hicieron más densas y empezó a llover. También en mi cabeza, que se preguntaba: «¿qué hago?», o algo que en el fondo me inquietaba más: «¿qué esperarán de mí?». Ya ven, estaba siendo víctima de una duda que no existía cinco minutos antes.

Y esa duda se ha mantenido empecinada sin importar que el tiempo pase o que el proyecto se vaya aparentemente concretando. Así que uno ha ido tratando de espantar sus fantasmillas, palmoteando por aquí y por allá, haciendo ruido por las esquinas por ver si se marchan (como nos enseñaron las niñas de la película Mi vecino Totoro), y se va situando en ese voluntarioso aunque insatisfactorio y tramposo territorio del «haré lo que pueda». Solo en algún fugaz, feliz y evanescente momento en el que se cree haber dado con una cierta respuesta a la cosa se tiene la impresión de estar haciendo «lo que se debe». 

Para espantar a los fantasmillas empecé a escribir este texto y me hice una pregunta: «Pero, ¿tú que quieres contar a los demás?» Como, por mero decoro, la respuesta no era publicable empecé a dar rodeos. «¿Te interesa, por ejemplo, hablar de la particular idiosincrasia de la pornografía en Suecia en la década de los ochenta, o de otros temas de rabiosa actualidad como la noble, amable, loable y encomiable labor de los psicólogos en las cadenas televisivas tras una catástrofe aérea? ». «Sí, ¿por qué no?». Y acto seguido me decía: «No, hay que ir más al grano».

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Pero, ¿cuál es la manera de «ir al grano»? Últimamente se lleva mucho eso de «la exposición pretende hacer reflexionar al espectador sobre…» y, a continuación, algún asunto sobre el que uno tiene que concienciarse por todo lo alto. Ya se sabe, esa supuesta noción de utilidad aplicada a todo, hay que educar al pueblo. Ahora se oye mucho eso de «cultura para la convivencia», y esqueunosemeaoiga.... Pero, si en esta exposición no hubiera un solo asunto sino muchos, o ninguno, que es lo mismo, y en ella tuvieran cabida de algún modo la pornografía en Suecia, y la noble, amable, loable y encomiable labor de los psicólogos tras una catástrofe aérea, y los discursos del rey, y los bocadillos de chorizo, y la necesidad de decirte que… y los anuncios de Ikea, y la incertidumbre cuando… y, desde luego, una total ausencia de ese deseo tan común de reflexionar sobre algo desde una posición de autoridad y...

«Bueno, eso es el ruido y es el silencio», pensé.

«Tranquilo, majo», me dije. «Haz examen de conciencia y purga por tus pecados»; dijo algo. Pero tras un sonoro fracaso en esto último por falta de práctica y porque no encontraba la habitación en donde la tan cacareada conciencia dicen que se halla, vi al bendito Samuel Beckett que con sus arrugas y su rostro de sarmiento corría desde el otro mundo en mi ayuda y me susurraba al oído su célebre frase: «trouver une forme qui exprime le gâchis, telle est maintenant la tâche de l’artiste» (él me lo dijo en castellano, pero lo pongo en francés porque queda más fino y ahora lo traduzco, más o menos, para que se vea que uno chapurrea idiomas: ‘encontrar una forma que exprese el barullo, tal es ahora la tarea del artista’). Y recordé también cómo la primera vez que leí Molloy, de Samuel Beckett, me pareció un libro tragiquísimo, y la segunda vez que lo leí casi me muero de la risa…

Entendí entonces que había dado con las dos palabras mágicas: barullo y risa. Había encontrado el tema de la exposición. (Léase esta última frase mientras se escucha alguna ópera de Wagner a todo volumen).

Es verdad que para llegar a esta conclusión no eran necesarias muchas alforjas, pero no se me pongan tan exigentes, uno tiene sus procesos, como se dice ahora; y uno tiene derecho a que se le respeten sus procesos. O eso al menos creí entender a un pedagogo que balbuceaba muy serio en la tele.

El gran Monterroso afirmaba que solo hay tres temas posibles: el amor, la muerte y las moscas. Excelsa manera de expresar el lío. Porque hay muchos que se ponen serios y se olvidan de las moscas. Por lo que no hay manera de entender nada, ni del amor, ni de la muerte. Mucho menos de las moscas, que es lo que importa. Aunque lo que no entiendo es por qué he metido aquí a Monterroso, que en paz descanse. Gracias. Y lo demás es silencio. No importa.

Estaba con el barullo y la risa. El barullo idiota que formamos viviendo juntos. La risa amarga que asoma en el rostro de todo individuo con un cerebro normal ante la contemplación del espectáculo. No ignoro que caos es una palabra con más pedigrí que barullo, y que en lugar de risa podría decir, quizás, humor…, pero estarán de acuerdo conmigo que entre «el barullo y la risa» y «el humor y el caos» no hay color. Mucho mejor la primera. Más certera y con menos ínfulas.

Luego ya fue la tranquilidad (sin exageraciones), y vino lo que recoge este catálogo, que debes de tener en este momento entre las manos.

Por alguna razón que se me escapa, en el proceso de maduración del proyecto apareció la figura de Luis Buñuel. A primera vista podría pensarse que Buñuel poco tiene que ver con la risa (sí con el barullo), pero, bien mirado, esa percepción es falsa porque sus películas no son, en el fondo, otra cosa que una sucesión de gags tragicómicos enraizados en la tradición de la negrura hispana. La relectura de sus memorias, el hecho de que haya vuelto a ver algunas de sus películas y la certeza de que su posición vital se ha disuelto como un azucarillo en el desagüe de nuestro mundo (ya lo decía el personaje de una novela de Rafael Chirbes, «la vida humana es un derroche, en cuanto crees saber algo te mueres y los que vienen detrás vuelven a empezar de cero»), me ha debido de llevar al deseo de que la exposición esté teñida discretamente por su presencia.

Esto es todo de momento. Perdón y gracias.

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